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-Las rosas en primavera me recuerdan tu belleza, grande, infinita, quisiera sentirte más cerca y no perderte de vista nunca, me gustaría que tus labios carmín me visitaran diariamente, que la puerta de mi corazón fuese azotada por tu presencia, que las rosas que miro fuesen nada por estar tú parada al lado, que nuestra luz nunca se apagara. Que el sueño mío fuera el tuyo, amarte en cada uno de tus gestos.

-Eh, gracias, Luis. Y bueno, opiniones?- Javier preguntó al grupo de adolescentes que tenía al frente. Ejercía como profesor de castellano desde hacía un mes y, de pronto, había querido probar con una sesión de creación literaria, para ver qué pasaba.

-Yo lo encuentro super bonito, el Luis escribe super bien y sabe muchas palabras, además- opinaba Paula, con piernas y manos cruzadas.

Se escuchó un ‘uuuh’ y luego risas.

-Alguna otra opinión?- dijo Javier casi gritando.

No pasó nada.

A él le parecía que el poema de Luis era todo menos original, por otra parte no le creía esa postura romántica, se excedía en lo cursi, le parecía un texto muy poco honesto, pero no podía dejar de llamarle la atención lo de la luz que nunca se apagaba. Por la canción de los Smiths, por su posible carácter religioso, por la esperanza que dejaba esa frase si se expresaba como algo más que un supuesto.

-Ya, pasemos al siguiente, eeh, Marcela, puedes leernos lo que escribiste?

-Profe es que no escribí casi nada.- se excusó Marcela rascándose el codo.

-Bueno, entonces léenos lo que tengas, aunque sea el título, aunque tengas una frase, un poema puede ser un par de palabras, ya hablamos de eso.

-Es que no es nada, profe.

-No quieres leer entonces.

-No, es que no escribí casi nada- terminaba Marcela, mirándolo a los ojos.

A Javier por sobre todo le molestaban esos momentos, le entristecía no poder romper el día con un par de frases que cambiaran un poco el momento, no poder hacer coincidir lo que se decía en su clase con el estado de ánimo de alguien, con el clima.

-Bueno, Camila?

-Eh, ya.- respondió Camila riéndose por los nervios

-Te escuchamos.

-El río tenía una voz, el río se reía y lloraba cuan, cuaaando le caían piedras encima. No me, no veía que habían suspiros a su al rededor, que las flores lo miraban y que cuando hacía frío reía. Los ríos me dan frío porque no hay día en que no viva, no vivo en el río porque la triiisteza tocaría todos los días la puerta del… de la mentira de la vida.

Alguien se rió despacio durante y al terminar la lectura.

-Gracias Camila.

Javier caminó hacia el patio pocos segundos después de que sonara la campana de recreo, como si fuera un estudiante más. Le asustaba el tiempo largo que vendría si es que decidía quedarse trabajando en el colegio.

Cruzó el pasto a pasos largos y rápidos, escuchó gritos, risas, se dirigió al baño de los alumnos que estaba más cerca que el de profesores, y estaba apurado por entrar.

‘Aullan como lobos los del kinder cuando se pegan en las rodillas, pero se paran y siguen corriendo. Los de tercero básico de repente lloran, pero se esconden para hacerlo. Los de octavo sienten vergüenza, y los de cuarto medio’ se podía leer en la pared frente al urinario. Javier se preguntó por qué sus alumnos no escribían esas cosas en clases, o por qué no las leían. Quién había escrito eso?

Después de subirse el cierre miró a ver quién más estaba en el baño, quería comentar su hallazgo, pero no había nadie, cosa rara para un recreo recién empezando. Alargó su operación de lavado de manos pero no sirvió de nada, no entró al baño más que un par de niños de unos 10 años que llegaron corriendo y se cohibieron al verlo.

Al terminar la jornada escolar, Javier salía con su bolso a cuestas y con hambre. Estaba cansado y particularmente confundido. En el paradero se sentó junto a dos señoras que comentaban sobre el estado de salud de sus respectivas familias, el panorama era catastrófico.

En la esquina vio que un par de alumnos que eran pareja discutían. Ella lloraba y al parecer lo hacía con rabia, él la apuntaba con el índice constantemente, gritándole y bajando la voz cada cierto rato, volviendo a gritar después. Ella dio media vuelta pero él la retuvo agarrándola del brazo, a ella se le cayó el bolsito del almuerzo.

De pronto Javier quiso hacer algo y se paró, sin pensar en nada específico. Caminó mirando para los lados, con las manos en los bolsillos y se acercó a la pareja. El abrazó a ella (ella era marcela) tapando su cara y articuló un ‘chao profe, que esté bien’.

Javier sólo pudo levantar las cejas y seguir caminando, sin atreverse a más, sin saber tampoco qué podía hacer. Caminó lento y escuchó que él le decía a ella que era muy puta, pero que la iba a perdonar, ella lloraba y le decía que no, que no quería que él la perdonara, que prefería irse y que él la odiara, que le daba lo mismo, que la dejara irse, pero él no la dejaba irse.

Javier esperó una cuadra más allá, sentado, no quería alejarse por si algo llegaba a pasar.

‘Los de octavo sienten vergüenza y los de cuarto medio…’ se dijo, sacando su celular para ver la hora.

Frente al lugar donde se había sentado, estaba la plaza, verde por el invierno y las diez lluvias que ya habían pasado. Marcela había escrito algo y no lo había leído, él había visto a su pololo gritarle y no había hecho nada, recordó otra vez el poema del baño y lo completó: y los de cuarto medio, como los profesores, estamos todos cagados, ahogados en el miedo, no nos alcanza para atrevernos ni siquiera a terminar el poema que escribimos en el baño.

Sentado en la banca anotaba el poema completo en su cuaderno, hacía variaciones, finales diferentes. Alternaba, hacía que las frases rimaran, que se unieran y se repelieran: el mismo poema se transformaba en un acróstico y en un caligrama.

Al llenar cinco páginas con estos ensayos, miró recién al frente. Estaba la pileta y, más allá, Marcela, sola, que se secaba las lágrimas sentada en una banca, mientras se comía una manzana verde. Javier guardó el cuaderno y se paró, decidido a parecerse, por un rato, a los de kinder, que se pegaban en las rodillas, aullaban y en seguida ya les daba lo mismo, seguían jugando.

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